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“Después de haber venido cada noche al pie de tu altar, llegaré por fin a la última noche de mi vida, y entonces comenzará para mí el día sin ocaso de la eternidad, en el que descansaré sobre tu divino Corazón de las luchas del destierro…”

“Dios mío, lejos de desalentarme a la vista de mis miserias, vengo a ti confiada, acordándome de que ‘no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos’.  Te pido, pues, que me cures, que me perdones, y yo, Señor, recordaré que ‘el alma a la que más has perdonado debe amarte también más que las otras…’  Te ofrezco todos los latidos de mi corazón como otros tantos actos de amor y de reparación, y los uno a tus méritos infinitos.  Y te pido, divino Esposo mío, que seas Tú mismo el Reparador de mi alma y que actúes en mí sin hacer caso de mis resistencias.  En una palabra, ya no quiero tener más voluntad que la tuya.  Y mañana, con la ayuda de tu gracia, volveré a comenzar una vida nueva, cada uno de cuyos instantes será un acto de amor y de renuncia…”

“¡Oh Jesús!, que nunca busque yo, y que nunca encuentre, cosa alguna fuera de ti; que Tú, Jesús, ¡lo seas todo…! Que las cosas de la tierra no lleguen nunca a turbar mi alma, y que nada turbe mi paz.  Jesús, no te pido más que la paz, y también el amor, un amor infinito y sin más fronteras que tú mismo, un amor cuyo centro no sea yo sino Tú, Jesús mío.  Jesús, que yo muera mártir por ti, con el martirio del corazón o con el del cuerpo, o mejor con los dos…”  (Or. 2)

“Desde que se me ha concedido a mí comprender el amor del corazón de Jesús, Él ha desterrado todo temor de mi corazón.  El recuerdo de mis faltas me humilla y me lleva a no apoyarme nunca en mi propia fuerza, que no es más que debilidad; pero sobre todo, ese recuerdo me habla de misericordia y de amor.  Cuando uno arroja sus faltas, con una confianza enteramente filial, en la hoguera devoradora del Amor, ¿cómo no van a ser consumidas para siempre?”  (Cta. 247).

“El divino Niño casi siempre está dormido…  Sin embargo, los ojitos cerrados de Jesús hablan mucho a mi alma, y, ya que él no me acaricia, yo trato de agradarle.  yo sé muy bien que su corazón está siempre en vela, y que en la patria de los cielos se dignará abrir sus divinos ojos…”  (Cta. 160).

La confianza, y nada más que la confianza, puede conducirnos al amor…”

“Dios nunca da deseos que no pueda convertir en realidad…”

“Para amar a Jesús, para ser su víctima de amor, cuanto más débil se es, sin deseos ni virtudes, más cerca se está de las operaciones de este Amor consumidor y transformante…  Con el solo deseo de ser víctima ya basta; pero es necesario aceptar ser siempre pobres y sin fuerzas…” (Cta. 197).