
“Perdóname, Jesús mío, si digo desatinos al querer expresarte mis deseos, mis esperanzas que rayan el infinito, ¡¡¡perdóname y cura mi alma dándole lo que espera… !!!
Ser tu esposa, Jesús, ser carmelita, ser por mi unión contigo madre de almas, debería bastarme… Pero no es así… Ciertamente, estos tres privilegios son la esencia de mi vocación: carmelita, esposa y madre.
Sin embargo, siento en mi interior otras vocaciones: siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de apóstol, de doctor, de mártir. En una palabra, siento la necesidad, el deseo de realizar por ti, Jesús, las más heroicas hazañas… Siento en mi alma el valor de un cruzado, de un zuavo pontificio. Quisiera morir por la defensa de la Iglesia en un campo de batalla…
¿Cómo hermanar estos contrastes? ¿Cómo convertir en realidad los deseos de mi pobrecita alma?
¡Sí!, a pesar de mi pequeñez, quisiera iluminar a las almas como los profetas y como los doctores.
Tengo vocación de apóstol… Quisiera recorrer la tierra, predicar tu nombre y plantar tu cruz gloriosa en suelo infiel. Pero Amado mío, una sola misión no sería suficiente para mí. Quisiera anunciar el Evangelio al mismo tiempo en las cinco partes del mundo, y hasta en las islas más remotas… Quisiera ser misionero no sólo durante algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo y seguirlo siendo hasta la consumación de los siglos…
Pero sobre todo y por encima de todo, amado Salvador mío, quisiera derramar por ti hasta la última gota de mi sangre…
¡El martirio! ¡El sueño de mi juventud! Un sueño que ha ido crecido conmigo en los claustros del Carmelo… Pero siento que también este sueño mío es una locura, pues no puedo limitarme a desear una sola clase de martirios… Para quedar satisfecha, tendría que sufrirlos todos…
Jesús, Jesús, si quisiera poner por escrito todos mis deseos, necesitaría que me prestaras tu libro de la vida, donde están consignadas las hazañas de todos los santos y todas esas hazañas quisiera realizarlas yo por ti…
Jesús mío, ¿y tú qué responderás a todas mis locuras…? ¿Existe acaso un alma más pequeña y más impotente que la mía…? Sin embargo, Señor, precisamente a causa de mi debilidad, Tú has querido colmar mis pequeños deseos infantiles y hoy quieres colmar otros deseos míos más grandes que el universo… “
(Ms B 3r°)